Entré a tu corazón con mi lengua,
desgarré con mis uñas la piel que cubría tu pecho hasta dejar trozos de ella
tirados en el piso. Mientras todos nos miraban, mis manos rompieron tu blusa. Tú
no oponías resistencia, tu gesto era siempre el mismo. Al ver que ni tus ojos
expresaban cierto placer, te comencé a golpear, el primero de mis puños cortó
tu párpado izquierdo, el segundo te tumbó un par de dientes y el tercero fue
directo a la boca de tu estómago, y aun así, no me decías nada, mejor aún,
ninguna persona se paraba a defenderte, la gente que nos rodeaba eran simples
espectadores del tiempo que se encontraba congelado.
Recuerdo con detalle el
momento en el que te elegí. Como todas las noches, me encontraba en el andén,
esperando a que el metro de la línea Rosa pasara vacío. Hasta ese entonces, aún
tenía trabajo, era asistente de fotógrafo. Mi patrón solía retratar muchas
mujeres desnudas, la mayoría de ellas llegaban con una sonrisa al estudio y
salían con dos sonrisas mas, me imagino que eran provocadas por la idea de que
un hombre, aunque fuese homosexual, les tomara una foto la cual alojaría la
imagen de un rincón de su cuerpo que ni ellas mismas habían notado, pero que se
veía sin duda, muy sensual. Cualquiera hubiera pensado que mi trabajo era
alucinante, que podía pasar horas viendo a las mujeres más guapas de la ciudad
desfilar sin ropa por un estudio fotográfico; sin embargo, yo no lo creía así.
No le encontraba ningún placer a ello, ningún sentido, tan sólo eran mujeres
que bajo su consentimiento, le permitían a un hombre con cámara en mano mirarles
cualquiera de sus ángulos por mas ocultos que fuesen.
En más de tres ocasiones
el metro pasó frente a mis narices, el último de ellos estaba vació, pero no lo
quise abordar porque te vi bajar de las escaleras y caminar hacía mi. A tus 43
años, esa edad decía tu credencial de elector cuando la saqué de tu bolso
mientras te desangrabas de las piernas, te veías radiante. De tu hombro colgaba
una bolsa pequeña de color negro que oprimías con tu brazo derecho, con tu mano
izquierda cuidabas que la mascada de cuadros rojo con negro que colgaba de tu
cuello, no cayera al piso.
Tengo la costumbre de detenerme
en uno de los extremos del andén donde suelen subirse más mujeres que hombres,
con el único fin de imaginar que de entre tantas damas, alguna clavará su
mirada en mí.
Detuviste tu caminar
justo al lado mío, bajé la mirada y noté la fuerza de tus piernas, supuse que
esas pantorrillas tan firmes eran consecuencia del montón de calles que
recorrías con esos “Prada”, los cuales te hacían destacar de entre las demás
usuarias del metro. Despacio, mis ojos te recorrieron de pies a cabeza, pasando
por tu falda negra arriba de las rodillas y tu saco del mismo tono que cubría
una camisa larga blanca de botones.
Me gustaste tanto que tenía que
hacerte mía, por lo menos una vez, tan siquiera una noche que pudiera recordar
en mis momentos de ocio. Desafortunado fue el momento en el que hice contacto
visual contigo, me miraste con desprecio y te alejaste vario metros con tal de
que al sentarnos, no pudiera ni sentir tu presencia con el pasar de las
estaciones; lo malo fue que ya era demasiado tarde, esos labios rojos iban a
ser míos de la única manera que aprendí desde las secundaria, deteniendo el
tiempo.
A mis catorce años tuve
mi primera relación sexual no consentida, pero con final feliz para mí. En
clase, los profesores tenían la costumbre de contar a sus alumnos esas míticas
historias de los dioses griegos que tenían en sus manos el destino de la
humanidad. Me llamó mucho la atención que existiera un Titán llamado Cronos capaz
de controlar los ciclos del tiempo en el ser humano, la simple idea de llevar
al extremo ese control de las horas hasta congelarlas y poder hacer cualquier
cosa que se le antojara, me resultaba fascinante.
Fue entonces, en ese
último viernes de Abril cuando me di cuenta que Cronos me había bendecido con
su gracia. La semana previa al fin de cursos nunca se me va a olvidar. Como comúnmente
ocurría, los baños de la planta baja estaban cerrados y tenía que subir hasta
el tercer piso para poder orinar. Ese día, el líquido que mi vejiga controlaba
estaba a punto de derramarse en todo mi pantalón, así que decidí correr por el
pasillo. La urgencia de mi necesidad provocó que en mi carrera empujara
fuertemente a Regina, unas de las chicas más guapa de la escuela, ella cayó al
piso de sentón, su falda se arrugó de tal forma que al intentar levantarla,
pude mirar sus bragas de encaje color blanco, Regina se percató de ello y me propinó
una cachetada; estaba muy molesta, pero justo antes de que comenzara a
escupirme de groserías, sus facciones se suavizaron y soltó una carcajada. Me
había orinado enfrente de ella, no me pude aguantar las ganas.
Mi cerebro comenzó a
mandar señales para que sintiera pena, vergüenza, quizás hasta nervios para que
me riera, pero pasó algo distinto. No dejaba de pensar en el blanco y puro
color de su ropa interior, mi mente comenzó a retorcerse hasta que Regina se
quedó inmóvil, el único movimiento que podía percibir era el de mis ojos
mirando hacia ambos lados una y otra vez. No había nadie en el pasillo salvo
los alumnos inertes que se alcanzaban
a ver por la ventana del salón que estaba a un costado del baño
Como si fuera un león a
punto de coger a su presa, estiré mis manos lentamente, la tomé de los brazos y
empujé su cuerpo hacia la pared hasta que quedó sentada con las piernas
abiertas; con mis manos, abrí sus ojos de tal forma que pareciera que tuviera
un gesto de asombro, después, me dirigí a su mandíbula y la dejé con la boca
abierta. Mi pantalón cayó al piso, saqué mi pene por la rendija del bóxer y
comencé a orinar dentro de su boca hasta que se vació el resto de mi vejiga. Luego,
me arrodillé para poderle quitar sus bragas, las cuales me guardé en el
bolsillo del pantalón.
Me sentí como aquel niño
pequeño que descubría que el fuego quemaba cuando lo tocabas. Tan sólo con
rozar sus piernas mi piel se erizó, sentí unas ganas tremendas de expulsar de
mi cuerpo un líquido que no era orina, sino algo diferente, pero tenía que
tomar precauciones. Noté que en el piso había una bolsa de plástico así que, me
la coloqué sobre mi miembro y le hice un nudo, acto seguido, la tiré al piso y
me le fui encima. No recuerdo cuántas veces empujé el cuerpo de Regina contra el
suelo mientras mi pene cubierto con la bolsa de plástico salía una y otra vez
de su vagina expuesta a la intemperie. Cuando
me cansé de sentirme dentro de ella, me incorporé y noté que estaba el plástico
impregnado de sangre, además de que sobre mis piernas tenía un batidillo. Me
desaté la bolsa y la volteé, conservando la sangre dentro le volví a hacer un
nudo.
Caminé con la frente en
alto y los pantalones a bajo, sin el temor del qué dirán, me metí al baño para
poder asearme. Al salir, todo había vuelto a la normalidad, bueno, en verdad no
todo. Regina estaba sentada en el piso abrazando sus piernas recogidas. La vi
sólo de re ojo, y me pasé de largo. Ya no supe más de ella.
Regina fue el inicio de
mi dulce adicción a las mujeres y al control que podría ejercer sobre ellas
cuando detenía el tiempo. Susana, Lorena, Carmen… no recuerdo los nombres de
las siguientes chicas que tuvieron la fortuna de probarme. Ninguna se quejó, de
hecho, jamás expresaron nada al respecto, ya que temían que las tacharan de
locas. Era imposible que en un abrir y cerrar de ojos, aparecieran recargas en
la pared, sin bragas y corridas.
Mientras veía pasar una a
una las estaciones aplastado en el asiento reservado para mujeres embarazadas,
adultos mayores y discapacitados, pensaba en la forma más práctica de llegar a
tu punto G mi querida Minerva. Por primera vez había considerado la opción de
acercarme a una mujer de la manera tradicional, platicando; sin embargo, tú lo
arruinaste con tu mirada de desprecio, alejándote de mí en el vagón del metro.
Ahora mírate, no puedes ni con tu alma, el rojo de tus labios se ha regado por
todo tu cuerpo, se confunde con la sangre de tu vagina que no deja de
derramarse. Te confieso que no había probado par de labios tan experimentados
como los tuyos, los primeros con una textura que sólo la experiencia al besar
te da, y los segundos, tan jugosos que no podía para de beber toda la miel que
derramaban.
De momento, te pareces
mucho a Amanda. Cuando tenía 18 años, mi madre sufrió un accidente
automovilístico, me enteré de su muerte al día siguiente mientras leía el
periódico, apareció la foto de su cabeza en plena portada. La nota decía que el
auto de mi madre se había impactado fuertemente contra un camión que
transportaba dinamita, la cual explotó con el impacto y provocó que su cuerpo
volara en cachitos por toda la avenida central. Cualquiera hubiera caído de
rodillas al piso al enterarse de la noticia e hincado. le reprocharía al cielo
la muerte del ser querido; sin embargo, yo no lo hice, tan sólo me quedé
admirando la fotografía de una descabezada, mi madre, de cierta manera era una
imagen muy estética.
Al llegar la noche y sin
nadie que pudiera prepararme algo de comer, opté por ir a la fiesta del vecino,
quien había invertido toda la mañana en repartir los volantes de la fiesta que
marcaría la apertura de su nuevo bar.
La casa del “güero”, el
vecino, era bastante grande, había todo tipo de vicios para ponerse hasta las
manitas. En ese entonces, no había tenido la necesidad de meterme algún tipo de
droga para sentirme poderoso, invencible, temerario, ya que gracias a mi
pequeño don, ya lo era. Sentado en la orilla del sillón principal de la sal,
bebía refresco de manzana combinado con un poco de mezcal, cuidando que no se
derramara en la única ropa limpia que me quedaba. Me empiné el vaso para darle
el último sorbo al refresco y ahí fue cuando la vi. Movía sus caderas de una
forma sugerente, era la típica mujer que bailaba sola en la pista, la que no
permitía que ningún hombre se le acercara, ya que el movimiento de su cabellera
risada marcaba líneas de distancia entre ella y el mundo; sin embargo, yo no
podía quitarle la mirada de encima. Estaba hipnotizado por ese vestido floreado
de escote pronunciado que se le pegaba al cuerpo.
De repente, ella dejó de
bailar, sintió la fuerza de una mirada que intentaba desvestirla mientras la
música sonaba, se recogió el cabello y entonces, me notó sentado en el sillón.
Sin decirme “hola”, su mano apretó mis testículos y al oído me dijo; “te espero
arriba, a ver si es cierto”. En ese momento, yo no creía que ella se dirigiera
hacia mí de esa manera sin que nadie lo notara. Decidí seguirla a ver qué pasaba,
no tenía tiempo que perder.
Subí las escaleras y ahí
estaba ella, recargada en el marco de la puerta de un cuarto, su cabello rizado
y esas caderas bien marcadas la convertían en toda una tentación; me llamó con
el dedo y sin pensarlo dos veces, me acerqué.
“Te gusto ¿verdad?”, yo
no supe que responderle, solo asenté la cabeza para expresar que sí. “Pues tu a
mi no, ¡aléjate!”. Su rechazo se convirtió en una provocación y antes de que
cerrara la puerta del cuarto, mis pensamientos se comenzaron a retorcer hasta
que todo quedó estático.
Me adentré a la
habitación y la empujé a la cama, su
cuerpo cayó como pluma, sus piernas y sus brazos quedaron extendidos, como si
me dieran la bienvenida, “Pase usted”. Lo primero que se me ocurrió fue besarle
el cuello lo más fuerte posible hasta que se comenzara a ponerse morado.
Después, me pasé a su boca, esos carnosos labios y mojados en su tibia saliva,
sabían a gloria. La jalé de los brazo,
la arrodillé y me bajé el pantalón, con mi pene comencé a cachetearla como
signo de protesta ante su anterior rechazo. Sentí una pulsación entre las piernas,
de repente, todo era caluroso. Mi vientre convulsionaba con cierto ritmo acelerado,
estaba tan exaltado que me temblaban las piernas, pero me sentía tan aliviado,
como si me quitaran un gran peso de encima. Sujeté su cabello con mis manos y
obligué a que su lengua recorriera todo mi miembro con cierta cadencia.
Como no lo hacía bien, le
solté una patada en el cuerpo, el cual por el impacto quedó postrado en el
piso. Rápidamente le quité la ropa, tomé su bolso y saqué de él un condón. Yo
estaba tan encantado admirando su figura desnuda a la luz de la luna que no podía
dejar de sonreír, me coloqué el condón y recuerdo que le pregunté “’¿estás
segura?”, ella no me podía responder, estaba congelada en el tiempo; así que
moví su cabeza de arriba abajo, como si me dijera: sí. En ese momento sentí
como mi pecho se cerraba, se me iba el aire, mi estómago se contraía y mis
piernas se estiraban sin mi consentimiento, mi rostro se calentaba, sus labios
se enfriaban, nuestros cuerpos se unieron durante un buen rato.
La victoria había sido
mía, así que me desplomé en la cama. Me sentía tan satisfecho y relajado, y
ella también, supongo. La abracé y nos quedamos un momento más entre las
sábanas hasta que seme antojó un trago. Me levanté de la cama, cogí el condón,
lo anudé y lo guardé en mi bolsillo.
Al bajar las escalares,
el tiempo regresó a la normalidad, ella no salió del cuarto hasta el día
siguiente, todos pensaron que se había metido con tantos tipos esa noche que
por eso tenía todo el cuerpo mallugado. No puedo negarlo, ese momento con Amanda
en la fiesta fue delicioso. Realmente, no sé si así se llamaba, pero la nombre
de esa forma en memoria de mi madre, para que así, cuando pensara en Amanda, lo
primero que se me viniera a la mente fuese la lengua de esa chica acariciándome
a mi antojo.
Deja que te siga contando
mi primera vez mi querida Minerva, sé que a ti te fue muchísimo mejor que a
hace jovenzuela. Entiéndeme, a penas estaba descubriendo los placeres del tiempo.
Perdona que te tenga aquí colgada de tu mascada, simplemente se me ocurrió que
si te colgaba del tubo, me podría arrodillar, abrir la boca y disfrutar las
gotas de miel que de tu vagina caían, y
circunstancialmente, tocar tu clítoris con mi lengua. Sé que perdí el control y
que cuando detuve el tiempo en el vagón del metro, corrí hasta tu lugar y con
una pluma marqué el camino que seguirían mis labios.
Estaba tan desesperado
que cometí una masacre contigo, eres especial porque serás la primera que morirá
instantáneamente, eres la primera que tuvo un público que presenció cómo
tuviste la mejor perversión de tu vida. No me preguntes por qué tú, ni por qué
lo hago, simplemente, me cansé de los placeres de mi imaginación y opté por
llevarlos a cabo.
